Señorita, mi nombre es irrelevante y después de esta oportunidad haré como si esta escena nunca hubiera existido. Déjeme hablarle un momento, no me acercaré y no tengo arma alguna que pueda hacerle daño, soy torpe con las manos y no corro como antes solía hacerlo. Peligro, es más usted antes este mundo obsesionado con la belleza que su extraño interlocutor.
Señorita, quiero decirle que cada día que vengo a este lugar le admiro desde lejos de una manera religiosa pues yo no creo en el dios o en el diablo, pero si tuviera que plegarme o inclinarme ante una divinidad sería su hermosura el sujeto de mis rezos. No, no quiero enseñarle nada ni demostrar que soy un poeta de trova, de hecho, nunca antes había dicho algo parecido a nadie.
Señorita, no me mire de esa manera, sus ojos son horizontes infinitos llenas de utópicas lejanías y si los cierra ese tanto siento que pierdo un universo de posibilidades. Debo admitir que he visto y echado un ojo o dos a mujeres por ahí... pero es usted quien me fuerza a ser valiente en una tierra de cobardes. Está en mi impregnada su imagen para siempre tal tatuaje odioso del primer amor.
Señorita, sé que no quiere escuchar mis palabras y me debería ir. Le aseguro no soy una amenaza pues usted es la que me ha hecho conocer la humildad, la observo, sé que jamás podría tratar de cortejarla aunque fuese de la manera más caballerosa ya que siempre he sido un odioso, un mentiroso, un aburrido y en muchas ocasiones un triste perdedor, algo como yo usted no se merece. Su destino de estar decorado con sonrisas, risas y honestos halagos, debe mirarse y sentirse como una obra maestra de arte.
Señorita, sé que debe ignorarme y que voltea la mirada dándome la espalda. A lo mejor espera por alguien que sí valga la pena. Sin embargo, quiero relatarle las maneras en que ha penetrado mi alma, como en mi corazón petrificado por las maldiciones de la vida usted ha creado una cura a los poderes de la Medusa. No, no cito a los Griegos sino fuera por ellos el peso de las leyendas y las grandes magnitudes. Ante usted todo eso es nada, si bien no creo que exista el amor a primera vista, he aprendido a quererla desde la distancia sin saber de usted una palabra.
Señorita, yo la amo a usted. Sí, por supuesto que no me ama de vuelta, yo tampoco lo haría de ser usted, maldita sea, yo no siquiera me caigo bien a mí mismo, cada día despierto y me digo "otra vez este viejo aburrido". En todo caso, de no amarme, yo le amaré por ambos dos. Tendré su imagen gravada en mi memoria hasta el día de mi última exhalación.
Señorita, llamó a los guardianes del recinto y por mí vienen, ahora, tendré que limitar mis palabras, cosa que la desmerece. He de decirle que quiero mejorar, perdonar a cada una de las personas que he hecho mal, pagar a quienes debo, resarcir los males que mi existencia en este mundo he cometido, pagar con largas condenas mis crímenes y recordar todos los ideales en los que alguna vez creí, pues es su radiante luz propia la que ha purificado mi visión de un mundo cruel lleno de ironías, sarcasmos e ignorancia plena. Todo con tal tuviera el derecho de poder verle sabiendo que merezco hacerlo.
Señorita... !Argh! La violencia de este mundo están sobre mí para callar mis palabas, estos vigilantes se acercan para acabar con mi atrevimiento, para dar una amarga resolución a mi rebeldía pero prefiero por cinco minutos haberle amado a nunca haberla querido... tan de cerca ¡Arrástrenme perros salvajes! ¡Posen su fuego recalcitrante sobre mi alma! !Aléjenme por siempre de su belleza! ¡Mátenme que ahora estoy listo para ir al infierno!
¡SEÑORITA! ¡SEA USTED FELIZ!
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